Carnaval Caté

Carnaval Caté

Por José Gabriel Ceballos, escritor correntino de Alvear

El artículo produjo un considerable revuelo en la sociedad correntina de entonces, incluso con presiones legales contra la editorial Abril, responsable de “Panorama”. ¿Por qué? Porque en su artículo Rodolfo Walsh mostraba el absurdo contraste existente entre la realización del carnaval correntino y las víctimas de la inundación del río Paraná, que en ese mismo momento estaban con sus casas invadidas por el agua a muy corta distancia del corso que a la sazón se realizaba en la Avenida Costanera.

Esto escribía Walsh en su nota: “El estado de emergencia provincial, que el gobierno había decretado poco antes por causa de las lluvias, estaba olvidado. El estado de catástrofe pertenecía al futuro de los papeles, de los borrosos planes de ayuda, y a la entraña del Paraná que en esos días iniciales de febrero se mantenía estacionario en su altura crítica, superior a los seis metros. La ciudad, alegremente, le daba la espalda”.

El viernes, en la capital de esta provincia, se replicó tal hecho pero en modo sequía y con su carga de inmoralidad e infamia multiplicada. Mientras la provincia sufre la peor catástrofe de su historia, con alrededor de 800.000 hectáreas arrasadas por los incendios, con pérdidas siderales en su producción agraria, con su industria eco-turística diezmada por la destrucción de gran parte de los Esteros del Iberá, lo cual implica también un daño monstruoso en la fauna autóctona, mientras todo eso ocurre, SE INAUGURARON NOMÁS, ALEGREMENTE, LOS CORSOS DE LA CIUDAD DE CORRIENTES.

Ya no se trata de los pobladores ribereños del río Paraná que, como denunciaba Walsh, debieron asistir en 1966 al espectáculo de la indiferencia del “establishment” correntino frente a su desgracia; ahora son muchísimos más los correntinos damnificados por el desastre natural, están esparcidos por toda la provincia y los daños que sufren son incalculablemente mayores, además de que el mismísimo corazón de nuestro hábitat, el Iberá, está literalmente en llamas. Sin embargo, anoche, como si en torno no pasara nada, como en el mejor de los mundos, un baño de farra cundió por el “corsódromo” correntino, vibrante de redondeces emplumadas, disfraces centelleantes, espuma en aerosol, carrozas gigantescas, música de parranda y jadeos frenéticos, ante el aplauso y los vivas de un público enfervorizado.

La ciudad de Corrientes confirma así lo que Walsh ya había detectado en 1966: que es una ciudad socialmente enferma. Yo, que viví una década en ella, lo creo firmemente. No se entiende de otra manera que allí haya sucedido algo como lo de anoche. Una ciudad con su dirigencia y con gran parte de su población afectadas por la peor de las decadencias: la decadencia cultural, que al fin y al cabo es también la decadencia moral.

¿Qué otra explicación cabe para el hecho de que, mientras de allí salen aullidos oficiales pidiendo socorro a la Nación y a otras provincias por el desastre que padecemos, mientras allí se firmó ayer mismo un decreto gubernamental declarando a la provincia zona de desastre ecológico y ambiental, en esa mismísima ciudad se baile y se joda públicamente como si nada.
Y de ello, claro, son responsables en primer término las autoridades que esa ciudad alberga.

Sé que se alzarán los más variados argumentos para contrarrestar estas líneas. Los partidarios de las mencionadas autoridades argüirán que el carnaval es un asunto privado; otros alegarán que esa ciudad no es la única de la provincia donde se festeja el carnaval; otros, que el corso permite a mucha gente ganarse unos mangos; hasta alguno me responderá que lo que aquí critico es una muestra de que el espíritu de la “correntinidad” no se rinde ante las desgracias; etc. Estupideces, bah.

Si la organización está en manos privadas, el evento se realiza en un lugar público y eso alcanza y sobra para que las autoridades públicas sean responsables del mamarracho. Y hasta ahora no leí ningún comunicado oficial que dilucide cómo son exactamente las cosas en cuanto a la financiación del corso (que no hay en danza ningún subsidio, por ejemplo.) y por qué el corso no podía aplazarse.

Si en otras ciudades correntinas también se realizaron corsos (en Paso de los Libres, por ejemplo) ello sólo implica que las autoridades de tales ciudades son también personas frívolas, desubicadas e insensibles, al margen de que ninguna de esas otras ciudades es la capital de la provincia, la que representa institucionalmente a todos los correntinos. Que el carnaval es importante económicamente para Corrientes es un argumento también insostenible: el carnaval correntino no atrae ningún turismo, salvo algunas personas del interior provincial; hace mucho tiempo que ese carnaval no significa nada en materia turística. Y en cuanto a la oportunidad de que algunos vendedores ambulantes se ganen unos pesos, tampoco es un argumento válido, por lo tangencial del tema: sería como querer justificar lo que pasaba dentro del circo romano por lo que ganaban los vendedores de choripán de las inmediaciones.

Pero en realidad, no tengo porqué referirme a esos posibles argumentos, la cosa es tan esencialmente absurda e inmoral que ningún argumento puede justificarla.

Y, por si hiciera falta, dejo constancia de que esto no es un ataque focalizado en el gobierno de la provincia. En primer término es responsable la Municipalidad de Corrientes. El gobierno provincial tiene aquí sólo una culpa, digamos, accesoria de la enorme culpa medular, central, de no haber hecho nada para prevenir las consecuencias de la sequía, fenómeno que se veía venir desde septiembre u octubre del año pasado. Su tolerancia en cuanto a la joda de anoche (y de las que siguen en este carnaval) y la obvia intervención, de una manera u otra, de sus autoridades de cultura y turismo constituyen sólo la frutilla del postre.

Ayer escribí en mi muro que lo simbólico resulta importante en las situaciones extremas. Churchill no hubiese podido pedir sangre, sudor y lágrimas a los ingleses con una bataclana sentada sobre sus rodillas. Belgrano no hubiese podido comandar el éxodo jujeño vestido de payaso. El corso celebrado anoche en Corrientes demostró una vez más, por vía simbólica, que la capital de esta provincia es una ciudad enferma.

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